Sí, lo recuerdo. Recuerdo que la vida le concedía un brillo atrevido en los ojos para mirarme por el retrovisor, recuerdo a mi lujuria sentirse mimada y el toque suavecito al corazón. A veces nos saltamos los momentos, le puse demasiados requisitos al destino y dilaté, en un exceso de razón, el encuentro más allá de sus ojos. Puedo escuchar el correr del reloj, pero el tiempo está congelado, es ahora la pregunta necia que no completo en mi cabeza por temor, el castigo de «si hubiera». El tiempo es ahora el desencuentro, nuestro saludo congelado y los puntos suspensivos para una próxima ocasión. Descansa en paz, Juan.
Del Diario, febrero 24 de 2017.
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