Sin Paréntesis

Es un contador de historias, es una revelación de cuentos, poemas, cartas, lugares, una ventana para contar mi historia y para que muchos personajes que han sido parte de ella, también compartan y muestren la suya.

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Conocí a mi novio dos veces

¿Se puede decir algo así? A inicios del 2020, me matriculé en una Institución que ofrece la enseñanza del inglés como segunda lengua. En ese entonces, yo tenía una exigencia contractual de ser bilingüe, pues la empresa tenía toda su proyección en los Estado Unidos; así que presenté un examen de nivelación e inicié clases en el nivel B1. 

El curso era para jóvenes y adultos, pero fue una sorpresa para mí conocer en la primera sesión, que la más adulta era yo. Mis compañeros tenían edades entre los trece y dieciocho años. ¡Vaya! Fue un poco abrumador. Entramos todos al salón en una ubicación en U. Yo me senté en uno de los extremos que iniciaba la figura; entonces entró el profesor. En mi mente dije algo como… «Ooookey» permitiendo el brillo en los ojos y me animé; quiero decir que el profesor me pareció atractivo. Entró con propiedad, con mucha seriedad, pero con amabilidad. Dijo su nombre de procedencia francesa, aclarando que no hablaba francés, mencionó dónde vivía, qué le gustaba hacer en sus tiempos libres y que tenía novia y vivía con ella. En mi mente dije un contundente: OK. No es que tuviera intención de salir con un profesor; ya había caído en la trampa de tener una relación sentimental con un subalterno y con un hombre comprometido, y no tenía, ni tengo intenciones de caerme del mismo puente roto, pero sí confieso que tuve unos segundos de fantaseo con mi profesor de inglés. Solo eso: segundos. Lo demás siempre fue muy normal, llegaba puntual, hacía mis tareas, participaba de acuerdo con los estándares, trabajaba en equipo con mis compañeros, presentaba los exámenes, cotilleaba con mis compañeros más cercanos sobre las estrategias del profesor, sus omisiones, lo que yo creía que debería hacer, lo que no… Todo normal. Pasé el nivel sin mucha holgura, pero lo pasé. Le entregué algunas observaciones sobre el curso al profesor, por este asunto de que también soy formadora de docentes y le deseé suerte, con la esperanza de verlo en el próximo nivel.

Pero… olvidé matricularme y aunque ofrecí a la Institución pagar adicional por el tiempo extemporáneo, no fue posible. En todo caso, estábamos en plena declaración de pandemia; ya era abril del 2020 y estaba iniciando otro reto laboral, que hizo disminuir mi interés en certificarme en inglés. No volví a saber del profesor en varios meses, creo que hasta mediados de ese año, cuando empecé a ver publicidad sobre su nuevo emprendimiento: El Gourmetto, un restaurante especializado en pizzas y por tratarse de una de mis comidas favoritas, me volví cliente del lugar. Saludaba al profesor por WhatsApp, nada más allá de lo necesario: ingredientes de la pizza, precios, porciones, cocción, sabor, otros servicios; llegué incluso a hacerle sugerencias sobre la publicidad y los textos. Solo una vez, conversamos sobre gustos, música, libros y nos reímos un buen rato de cuenta de un sticker del sapo Pepe que no entendí y que él explicó con mucha gracia, pero nunca nos vimos. La única vez que el profesor hizo un domicilio personalmente de pizza hasta mi casa, mi papá fue quien lo atendió. En octubre de ese mismo año, escribí al restaurante y ordené una pizza. Él me respondió que El Gourmetto había cerrado, que la pandemia y otros asuntos, no habían estado a su favor para el progreso de su emprendimiento. «Lo siento mucho», le dije; «vendrán mejores cosas». No volví a saber del profesor.

Finalizando marzo del 2021, mi mejor amigo, me hizo una invitación de viaje a Bucaramanga para el tiempo de semana santa. No quería ir. Uno, porque estaba sin suficiente dinero y dos, porque había fallecido un amigo muy querido para mí, y el día de salida eran sus exequias. Hasta ese mismo día, pensé que era una mala idea, pero viajé, exactamente el 27 de marzo de 2021. Mi amigo fue con su novio y uno de sus mejores amigos, ambos chicos desconocidos para mí. Viajé en silencio, pensando mucho en todo lo que viene con la muerte, fantaseando con lo que pudo haber sido su último aliento de vida y con lo que quizá pudo ser nuestro último encuentro o nuestro último abrazo. A la hora que estaban programadas las exequias, les pedí a los chicos silencio dentro del carro y entonces lloré. Pero tomé la decisión de disfrutar del viaje, iba bien acompañada y cuidada, nunca antes había estado en Bucaramanga. Tenía esa opción milagrosa que dan los viajes de dejar ir la tristeza por la muerte, de dejar ir la decepción por las rupturas, porque además, tenía roto el corazón en una lamentable pena de amor. Otra historia.

El 1 de abril, después de estar en Bucaramanga, viajamos a San Gil, un pueblo imperdible según las recomendaciones de viaje. Cuando llegamos, tomé una fotografía de un mural cerca al parque principal, una pintura de dos ancianos con una frase que decía: «conocer el pasado, descubrir la esencia, construir el presente» y lo puse en mis estados de WhatsApp, con la leyenda San Gil. Ese primer día, fuimos a comprar unos tenis y ropa deportiva para los chicos, porque en el itinerario ellos habían programado al día siguiente, una excursión de deportes extremos a la que no pude sumarme. Cenamos en el parque y fuimos al hotel. Allí pregunté qué podía hacer en los alrededores, además de seguir la recomendación de mi madre de visitar el parque El Gallineral. Decidí que podía ir temprano a ese parque, escribir o leer un rato, visitar los cerros que aparecían en la guía turística del hotel, buscar dónde almorzar, dónde pasar la tarde y tomar cerveza hasta que los chicos volvieran de su actividad. Esa noche, mientras me preparaba para dormir, recibí un mensaje comentando mi estado de WhastApp. ¡Era el profesor! «Hola. ¿Estás en San Gil?» «Sí, llegué esta tarde, estoy con unos amigos» Tuvimos una conversación muy corta, con la coincidencia de que él también estaba con unos amigos, quienes además, también iban a hacer deportes extremos al día siguiente y él tampoco podía ir. «¿Qué vas a hacer?», preguntó. Entonces le describí mi plan, mismo que él también quiso seguir. Así que nos encontramos muy tempranito en la mañana en la entrada de El Gallineral.

Nos saludamos con el codo, protocolo de pandemia, y durante nuestro recorrido por el parque, conservamos la distancia, incluso distancia en la conversación. Mientras nos comimos unas mandarinas que él llevó, hablamos de lo típico: la familia, la salud, los enfermos de Covid-19, el trabajo, me enteré que lo habían despedido de la Institución de inglés, los nuevos proyectos, el motivo de nuestros viajes a Bucaramanga, otros gustos que desconocíamos. Caminamos por el parque con curiosidad, con gusto, con reverencia por el paisaje, nos tomamos algunas fotografías, sin sonreír o posar demasiado… sin sospechar jamás que ese día se alargaría hasta el siguiente. Los detalles, son otra historia.

Una ciudad que no era la nuestra, nos había juntado en un mar de coincidencias y de experiencias muy parecidas, fuimos de cero a cien durante el día. Un saludo de codo como buenos extraños, un apretón de manos por compartir historias tristes e íntimas y luego un beso, como un sello de lo nuevo. No hubo antes motivación o interés de contactarnos o de programar una salida. En serio, jamás lo hubiera hecho. San Gil nos sorprendió, la vida nos cambió ese día, nos dieron y nos dimos una segunda oportunidad de manera divina, de volver a conocernos y en circunstancias muy pícaras y divertidas, de tener nuestra primera cita.

¿Se puede decir que conocí a mi novio dos veces? Creo que sí; dos veces…

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