Sin Paréntesis

Es un contador de historias, es una revelación de cuentos, poemas, cartas, lugares, una ventana para contar mi historia y para que muchos personajes que han sido parte de ella, también compartan y muestren la suya.

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Familia Czerwinksi

Hace unos años, exactamente en el mes de julio del 2016, viajé por primera vez a Europa con un propósito religioso: se realizó una de las jornadas mundiales por la juventud de la iglesia católica en Cracovia, y en ese entonces, por las actividades religiosas que solía tener en mi comunidad, programé ese viaje con unos amigos de la iglesia. Estuve en España, en Alemania y en Polonia. En este último país, donde fue el encuentro con el santo Papa, viajamos en condición de peregrinos a un pueblo de nombre Dzialdowo. Fuimos por tierra, en un bus desde Varsovia; recuerdo una ruta muy rural, fincas, animales, gallinas, pocos carros y muchos árboles. 

El equipo organizador del viaje, nos asignó como peregrinos y de manera aleatoria a las familias del pueblo. Cuando bajé del bus, una gran delegación polaca nos recibió con mucha alegría. No sentí el cansancio con la ovación y los aplausos. Entramos a un gran salón en el que comimos, bebimos con suficiencia, presenciamos algunas actividades culturales y reconocimos a nuestros anfitriones. Sin conocernos, sin sabernos en el idioma, nos abrazamos profundamente como si nos conociéramos de años, nos sonreímos y nos hablamos con los ojos. La palabra Bienvenidos, la dijimos en polaco, en español, en inglés y en alemán.

Mi familia, la familia Czerwinski: Marek, Gosia, a quien llamábamos Margarita y sus hijos, fueron la expresión genuina y honesta del amor incondicional, por eso son mis personajes en esta historia. No solo abrieron las puertas de su casa, estrechando sus comodidades, sino que también abrieron el alma para cuidarme, para garantizar que estuviera tranquila y segura en su hogar. Nos hicimos múltiples señas para comunicarnos, reímos a carcajadas por las equivocaciones y las costumbres distintas que teníamos para comer, dormir y hasta bañarnos. “¿Por qué se bañan dos veces al día?”, preguntaban, en medio de un calor de 40° y jornadas extensas que el sol en verano nos alargaba hasta las 8:00 o 9:00 p.m. ¡Eso era increíble! Luz del día en la noche. Entonces bebíamos vino, comíamos postres deliciosos hechos en casa y toda clase de buena comida, de una mesa que siempre estaba servida y con buenos amigos. Era una fiesta. Todos los días fueron una fiesta. 

Los bailes y las canciones de ambos países, el intento precioso de Gosia de cantar música de plancha o romántica en español, la generosidad de Marek de procurarnos los mejores vinos, los bailes bonitos de sus hijos y el regalo de sus abrazos cuando conversábamos. La belleza de ser ellos en medio de extraños, paredes escritas, rayadas, dibujadas por sus hijos como expresión de lo libre. La presencia de todos sus amigos, noche a noche con una asistencia copiosa para saludarnos, reírnos, inventarnos. Los que hablaban un poquito de español, los que hablaban un poquito de inglés, los que usaban el traductor del celular para contar su historia familiar y personal. Los relatos solemnes y respetuosos de la guerra, la memoria de sus ancestros allí fallecidos, la confianza en darnos su dolor y su impotencia de esa parte de la historia. El abrazo. Los abrazos siempre. Los paseos por la ciudad, los regalos, los helados.

La familia Czerwinki son mis personajes. Personajes que me enseñaron a amar incondicionalmente. Mucho tiempo desde ese viaje, afirmé que ellos habían sido el amor de mi vida por la calidez, la acogida en la intimidad de su casa, la apertura y la alegría permanente, así no nos dijéramos casi nada; ha sido un regalo invaluable de la vida. El amor en ellos, eso: auténticos personajes del amor.

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