Sin Paréntesis

Es un contador de historias, es una revelación de cuentos, poemas, cartas, lugares, una ventana para contar mi historia y para que muchos personajes que han sido parte de ella, también compartan y muestren la suya.

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La cotidianidad es un milagro

I

El principio de esta historia puede describirse así: madrugas a trabajar, casi ni desayunas porque estás apurada, atraviesas la ciudad con todas las precauciones porque ya no es como antes. El metro puede fallar, el bus puede quedarse en parada por varios minutos en un trancón, la lluvia, incesante por esta época, puede inundar la autopista, la gente puede hacer tumulto y caravana para entrar o salir de cualquier parte. Llegas a la oficina. Saludas de memoria y sonríes por cortesía, miras agenda, cuentas los pacientes, te cercioras de cuántos años tienen, si ya han consultado antes contigo, ejercitas el recuerdo para no perder detalle en el diagnóstico, te sirves un café, esperando completar el desayuno y empiezas a ejecutar el plan del día. Haces espacio para ir al baño, para tontear con alguna compañera, llamar a tu hijo si ya se levantó y revisó que en el microondas están los waffles. Miras el reloj entre paciente y paciente, calculas el tiempo de tu cita con el especialista. Otra vez hay que atravesar la ciudad, no te vas a demorar nada, solo va a revisar la última ecografía y hemograma completo, no hay de que preocuparse, volverás tan pronto se termine esa consulta. Terminarás con tus pacientes y volverás a casa a ver una película con tu hijo, porque no puede pasarse las vacaciones durmiendo y jugando videojuegos.

II

Ingresas a consulta, casi que no, está lloviendo durísimo. La especialista te saluda, te pide sentarte, se acomoda en su escritorio, digita tu número de cédula en el computador, ojea tu historia médica, detalla los últimos exámenes, te pregunta cómo te has sentido últimamente y tratando de conectar contigo, te pregunta por qué llevas un uniforme antifluido de color, “¿en qué trabajas?”, te pregunta. “Soy nutricionista”, respondes con orgullo. “¿Por qué el color morado?”, te vuelve a preguntar. “Cuando atiendo niños, me gusta ir de color”. Entonces la especialista te mira por encima de las gafas, sonríe amablemente como estando de acuerdo contigo y de a poquito, su sonrisa se va desdibujando, sus ojos van con rapidez de un lado a otro de la pantalla, hace un gesto de preocupación, te mira fijamente a los ojos, acomoda su silla giratoria frente a ti y te dice: “debo enviarte a Urgencias inmediatamente». “¡¿Qué?!”, lo gritas en tu cabeza, pero te sale como un maullido y amplías con otras preguntas: “¿por qué?”, “¿ahora mismo?” Le dices que no entiendes, sólo es una revisión de exámenes, estás bien. La especialista intenta calmarte, pero lo que ha visto en tu historial no le da alternativa. Te pide que llames a un familiar para que te acompañe y que ingreses inmediatamente al servicio de Urgencias, deben hacerte una cirugía con carácter urgente, pero antes, una transfusión de sangre. “¡Una transfusión!” Ahora sí lo gritas. “Tranquila”, te dice la especialista, pero también te dice que no se explica cómo dices que estás bien, cómo tu cuerpo responde al movimiento, cómo trabaja tu corazón. “Tienes anemia severa y un tumor que es necesario extirpar… cuanto antes”. Entonces recorres un pasillo en una silla de ruedas. Todo se siente muy raro porque llegaste caminando, te sientes en plena forma, pero en tu protocolo de atención, la especialista enfatiza en un riesgo alto de caída, tu cuerpo podría no funcionar. En tus piernas, mientras un auxiliar empuja tu silla, llevas cargado el bolso, el paraguas y tecleas el celular para avisarle a tu jefe que no vas a volver, que las citas de los demás pacientes deben cancelarse, llamas a tu mamá, luego a tus hermanos, luego a tu esposo y a tu suegra. Una cirugía de urgencias.

III

 

El mundo al revés. Lecciones que están sin aprender reclaman el tiempo necesario para que pases página con ellas. Un cuerpo que venía gritando cosas por años. La rutina de ser súper mamá, súper profesional, súper suficiente. Una suficiencia que entonces se ve pobre, vacía y triste, con el único saldo de un cuerpo arrinconado en una camilla de hospital, con gente que se queja de dolor por todos lados, con llantos desconsolados y perturbadores porque alguien muere, ahí a tu lado. Estás bien sin estarlo y el riesgo explicado por jefes de enfermería, internistas y todos los especialistas, te vuelven presa fácil del si hubiera, tan común en estas situaciones. Si hubiera estado atenta a mi salud, es el único posible en la maratón de los arrepentimientos. Ahora sí eres tú. Sola con tu soledad, con tu vaguedad, con tu evasión, con tu tristeza honda, tu callejón, tu trampa, tus mentiras, tus atrapamientos, tus excusas, tú sola un momento mirando el plano completo, la vida hacia atrás hasta este momento presente, nada más. Una cirugía de urgencias con tu diagnóstico te desdibuja el futuro. La angustia, los ojos cerrados para pensar un poquito, el silencio para no sucumbir al miedo, para no preguntar qué puede pasar, qué puede salir mal… aunque ya lo sabes. Se encharcan los ojos y se arruga la vida por delante, pensar en tu hijo te acobarda, fantasear con tu muerte te doblega. Estás literalmente, un minuto a la vez, con la fe intacta en que te están cuidando, en que vas a superarlo.

IV

A alguien, a muchos alguien, en sus cotidianos, quizá pensándolo mucho o sin pensarlo, tomaron la decisión de donar sangre. Además de lo obvio, que es salvar la vida de alguien, me pregunto por las demás preguntas que se hace un donante. Yo nunca lo he hecho. Hace poco en una conversación, alguien me dijo que mis posibilidades de ser una buena donante ya eran muy pocas, por estar viviendo en un territorio con una exposición muy alta al mercurio, solo hice una mueca de decepción, sin mucha importancia. Alguna vez quise donar sangre, pero me daba miedo. Hace muchos años después de un examen de sangre, me mareé, perdí el conocimiento y me fui como un proyectil, de cabeza contra el piso (otra historia) y desde eso, además de tenerle miedo a las agujas, el tema no es atractivo para mí; pero en mis momentos de reflexión, sí se ha vuelto necesario. Además, también tengo una tara con la muerte de mi tío, Juraira, como le decían sus hermanos, que en su proceso de fallecimiento también tuvo donación de sangre; eso explicaría mi rodeo necesario con el tema. Pero nunca lo he hecho. Me impresionó saber que Ella sería transfundida como una acción necesaria, antes que todo, necesitaba el soporte vital de alguien más para cualquier procedimiento. ¿Si captan lo que significa? La dimensión profunda que adquiere la vida y la cantidad de posibilidades que hoy la ciencia entrega para alargarla. Me quedé en silencio para hacer eco de lo increíble, de lo necesario y, sobre todo, de lo agradecida que estoy con el cotidiano de esas personas, que un día, en una o dos horas a cambio de un jugo con galletas, donaron su sangre, sin saber, sin imaginar que hoy, un corazón se acompasa también con sus ADN. Una bolsa roja con letra mayúscula: glóbulos rojos; la identificación del donante, las fechas de donación, de análisis, de clasificación y de expiración, “¿la sangre se vence?”, me pregunté, también tenía la identificación de la unidad. Luego, la jefe de enfermería entregó explicación de todos los riesgos, de todos los síntomas de alarma, de las complicaciones y con la firma de un montón de documentos, el goteo lento de la sangre empezó su recorrido hasta el cuerpo de Ella. El proceso para mí fue una reverencia. ¿Qué significa ahora ese cuerpo que ha recibido la vida de otras personas? ¿En qué se convierte la visión de la vida cuando te faltaba y ahora otros te empujan? Literalmente te empujan.

V

Prepararse para la cirugía de alguien es aterrador. El riesgo de no regresar es claro. Y ante esa posibilidad tan cercana, la vida parece ser nada. ¡Todo lo que falta por vivir, por hacer, por decir!… y no alcanza. El celular está a reventar con mensajes, llamadas para dar ánimo y entregar bienestar, pero el miedo está adentro, la posibilidad es un 50/50: morirse ya. Entonces se hace una especie de testamento, qué es lo más importante atender “si me muero”, anotar las promesas como si fuesen pactos del alma, las confesiones sin juicios, las sorpresas en las solicitudes. Siempre hay alguien que parece más fuerte. Ser testigo, último testigo del timbre de la voz, de la sonrisa y del miedo. “Ahora sí tengo miedo”, porque llegar a quirófano es inevitable. Una oración suplicando la salud y la recuperación, pero también aceptando el plan, no el del cotidiano como cuando Ella fue a trabajar, sino el Plan divino que por elección puede resultar descabellado. Pedir asistencia celestial para volver a despertar o para no hacerlo nunca más. Un auxiliar de enfermería prepara todo lo necesario, se lo sabe de memoria: paciente desnudo y en una bata que no se cierra, sin aretas, sin anillos, sin reloj, sin pulseras, sin maquillaje, sin esmalte en las uñas de los pies o las manos, el cabello sin adornos o moños y recogido en un gorro quirúrgico, una polaina en cada pie, dos canalizaciones en los brazos por si se necesitan varias vías para medicamentos. ¡Lista para cirugía!, exclamó Él en un tono alegre de misión cumplida. Un “Sí” arrastrado de Ella, con una sonrisa pequeña para contestar su entusiasmo. “Recuerda invocar al arcángel Rafael cuando estés en el quirófano”, dije apenas.

Atravesé junto a Ella una puerta grande, con la palabra Cirugía de piso a techo, sentí el hielo del lugar. “Firme aquí”, me dijo otra auxiliar. El corazón me empezó a latir más rápido y más fuerte y me encapsulé en un recuerdo cuando también firmé el consentimiento de Juraira el día de su cirugía. Muchos años pensé que haber firmado ese papel, fue como asentir su muerte. Recuerdo que lo hice todo mal, firmé donde no era, puse mi identificación donde debía ir mi número de teléfono y realicé un garabato que se salió del margen de la hoja como firma. Me concentré para no hacer lo mismo esta vez. Todas las historias son distintas, aunque también fantaseé con tener que volver a atravesar la puerta con la palabra Cirugía de piso a techo, para ver un cadáver y no verla a Ella. “Bien tranquila, nos vemos más tarde”, le dije saliendo del sitio. La puerta se cerró tras de mí y el conteo de los minutos en la sala de espera, fue el infinito…

VI

¿Ven el milagro? ¿Ven el milagro de lo cotidiano? Nuestras rutinas que parece que no terminan, pero que afanosamente concluimos bien entradita la noche: ¡qué milagro que pude terminar a tiempo! Llegar al trabajo después de todas las aglomeraciones: ¡qué milagro que llegué a tiempo! Hacer un espacio en tu agenda para ir al médico y revisar tus exámenes: ¡qué milagro que había cita en este tiempo! La consideración sensata de la Especialista dentro de su cotidiano de un diagnóstico grave, inconfundible, de atención inmediata: ¡qué milagro que lo identifiqué a tiempo! La unanimidad de los médicos en la urgencia: ¡qué milagro que podemos operar a tiempo! Una calamidad bien entendida por un jefe, a kilómetros de distancia para viajar y acompañarla a Ella: ¡qué milagro que tengo que esta flexibilidad en mi trabajo y me dieron el tiempo! Una Clínica batallando con un sistema de salud descompuesto: ¡qué milagro que tienen quirófano y cirujanos dispuestos a tiempo! La esperanza en una sala de espera: ¡creer en el milagro de que todo lo que ocurre es en un tiempo perfecto! Caminar desprevenido y recostarse en una camilla o hacer una cita para donar sangre con un destino desconocido: ¡qué milagro tener tiempo para esto!

VII

Dicen que lo importante no es preguntarse por qué nos suceden las cosas, sino para qué nos suceden esas cosas. Todos los días son lecciones, que aprendidas o no, tramitadas o no, superadas o no, felices o no, dejan la evidencia de que cada uno de nuestros días, cada minuto que compone el tiempo de nuestra vida, es un milagro, estoy segura de eso. El tiempo es un milagro. La cotidianidad es un milagro.

VIII

Ella superó la cirugía y está viva.

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