Sin Paréntesis

Es un contador de historias, es una revelación de cuentos, poemas, cartas, lugares, una ventana para contar mi historia y para que muchos personajes que han sido parte de ella, también compartan y muestren la suya.

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El presente deja de serlo

Para un 14 de noviembre de 2023.

En mi diario, hace muchos años, hay una marca importante de miedo a la muerte y recuerdo que asistí a varias exequias de amigos y conocidos. Un ritual fúnebre repetido, siempre muy discreto para mí y también muy pesado y miedoso en mis adentros. Asistía presentando mi respeto y escuchaba en silencio todas las historias de los últimos minutos con el fallecido, cuando rodeaban el ataúd o compartían un recuerdo con los familiares más cercanos. La muerte me daba miedo. Alrededor de ella, todos los discursos oscuros que escuché en las Iglesias sobre el infierno, las llamas del infierno, el purgatorio, la condena, una esclavitud eterna con el demonio y no sé cuántas cosas más, afianzaron muchos años mi terror y la lástima por quien fallecía. Mi solidaridad en unas exequias era por la desventura de tan buenas personas, una vez desencarnadas. Con el tiempo, porque es otra historia revelar cómo perdí el miedo, fui entendiendo que morir es parte de un pacto, además inevitable, pero con un misterio mucho más divino que arder en el fuego y llorar eternamente. Después de tantos rituales de despedida, fui aceptando la idea de morir, sin superar, tengo que confesarlo, el apego y la rutina de ver y escuchar a quien está vivo a mi lado.

A veces me sale el miedo como un gran monstruo y se trepa despacio en cada segundo, cada minuto y luego en cada uno de los años de lo que he vivido con alguien. Siento cómo pierdo la cabeza y cómo vuela mi imaginación cuando en momentos vulnerables, de salud, de riesgo, de accidentes u otros, la muerte se asoma en las esquinas de las posibilidades… y lloro. También perpetuamos rituales cuando estamos vivos y nos hemos acostumbrado a que el tiempo es infinito con la gente que amamos. Ir a la cama sin despedirse, porque existe la confianza de un nuevo día o no hacer la última llamada porque mañana muy temprano, puede hacerse. El presente como un instante, pero a la vez como un todo, el presente como una extensión de la vida y de las oportunidades, pero a veces también el presente, es el silencio y es la muerte.

Tengo recuerdos estando en hospitales, clínicas y salas de emergencia, que son difíciles de gestionar emocionalmente. No podría describir la agudeza en la mirada de los médicos, ni la sombra en las palabras de las enfermeras o el cálculo y la memorización de un diagnóstico, leído con frialdad por un jefe de enfermería. Tampoco sabría relatar el silencio que se hace cuando el enfermo duerme o parece que duerme, mientras los ojos son vigilantes de signos vitales, respiraciones y goteos de sangre; movimientos lentos para acomodarse en un sillón o pararse lentamente para no sucumbir al sueño y estar pendiente. Abrir la puerta, pasito, para no despertar a quien duerme. Salir al pasillo es todavía más crítico, luces rojas en las puertas de entrada que le piden auxilio, sosiego, a la única enfermera dispuesta, que arrastra un carro lleno de suministros médicos.

¿Necesitas algo?, porque estoy un poco ocupada.

-No, nada. Gracias.

Y la veo alejarse, mientras invento una historia en la que necesito su ayuda para no estar tan sola. El pasillo es un eco de ruidos, de alarmas de máquinas, con un montón de fantasmas. Silencio. Regresarse en los pasos, volver al sillón y esperar en silencio. Tener certeza de la brevedad del segundo en el que puede ocurrir todo, sin ninguna tregua. Así es la muerte. Miro al que duerme, leo su historial médico, adivinando que su esperanza es mayor a la mía, cuento la sangre que no retiene su cuerpo, observo su abdomen si todavía se mueve y me obligo a contener lo que pienso. La aceptación es un hecho. Cierro los ojos, respiro hondo para seguir en silencio. Esta vulnerabilidad es la muerte… y me apago en espirales de malos presagios con conclusiones fatales, hasta que el presente deje de serlo.

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