Sin Paréntesis

Es un contador de historias, es una revelación de cuentos, poemas, cartas, lugares, una ventana para contar mi historia y para que muchos personajes que han sido parte de ella, también compartan y muestren la suya.

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Una ceremonia de la vida

En el 2019 viajé al departamento de Chocó, en Colombia, específicamente a San Francisco o San Pacho. Un viaje organizado por la agencia Medellín Bungee, con un plan completo de visita a diferentes lugares y una experiencia, aunque todo viaje se constituye en una. Pero tuve una experiencia que he recordado desde entonces y que, en el reconocimiento de la fragilidad de la vida, traigo con mucho amor en este escrito: el desove de una tortuga Caná. ¿La han visto? Tortugas marinas que miden hasta dos metros y llegan a pesar más de 600 kilogramos.

En horas de la tarde desde la playa San Francisco, cogimos una lancha hasta las playas de Playona. Acandí, Playón y Playona, hacen parte del santuario de fauna en el Chocó, zona de protección y reproducción de las tortugas Caná y Carey. La preparación del viaje fue sencilla pero exigente: ropa cómoda, completamente negra y que pudiera mojarse, snacks o alimentación liviana, más por el peso que por la glotonería, sleeping y disposición para caminar. Para arribar a playa, tuvimos que nadar un poco, una habilidad que en ese entonces no tenía y que me volvió dependiente de uno de los viajeros. Mojarse la ropa fue una constante, iba bien llevar ropa de cambio, pero yo no quise hacerlo. Saludamos a una familia lugareña acostumbrada a recibir turistas que van a ver las tortugas, nos amontonamos en un corredor para hacer preguntas que ellos respondieron de forma automática, pasándonos los paquetes de papitas, chicles y confites que nos vendieron con cada respuesta.

Recibimos indicaciones del guía de la zona, que fue presentado en el corredor: debimos caminar hasta un sitio seguro para acampar y esperamos hasta altas horas de la noche, para nuevamente salir a caminar en búsqueda de alguna tortuga en su proceso de desove. Fuimos advertidos de encontrar una que estuviera en medio del proceso o ninguna, pudo haber sido una corta o larga caminata, todo dependió, al principio, de la suerte o la casualidad de hallar una en la playa. La ropa negra, nos explicó, fue para garantizar un ambiente lo más natural posible (oscuro) en el encuentro, no podíamos hablar, ni usar celulares o luces que perturbaran a las tortugas y en el encuentro, enfatizaron que la observación debía ser silenciosa. ¡A caminar! Nos fuimos por toda la orilla de la playa evitando unos, la llegada de las olas y otros, jugando con ellas. El atardecer fue uno de los primeros regalos.

Llegamos a un salón de escuela en medio de la playa, no supe si estuvo en uso, pero tenía papeles que indicaban lecciones de algunos asuntos comunitarios, ví una tarea pegada a una columna que hablaba sobre la profesora de la escuela. Ahí nos quedamos a esperar la noche, preparamos los sleeping y los cambuches haciendo a un lado los pupitres, identificamos zonas para “ir al baño” (no había), compartimos algunos alimentos y conversamos, mostrando nuestras expectativas, nuestros imaginarios, nuestras dudas y nuestros miedos. Sí, miedos, nunca caminé en la noche, en silencio y en la búsqueda de un animal que pudo no aparecer. Así pasamos el tiempo hasta las 10:00 p.m. Sólo el guía encendió una luz roja, todo el grupo estuvo pegado a él. Yo no conocía a nadie pero agarré el brazo de quien me ayudó a nadar hasta la playa, sin decirle nada. Estar en silencio fue difícil para el grupo, costó un rato acostumbrarse a ello; hubo un desorden de risas, de nervios de shhhhh para callarnos unos a otros. El guía nos amonestó un par de veces, mientras fue haciendo camino; la playa tenía muchos palos y residuos sólidos (botellas, chanclas, tarros, plástico) en los que se amontonaba la arena haciendo varias escalas, territorio imposible para la llegada de la tortuga a la playa. Qué tristeza y qué impacto ver el efecto de una basura mal dispuesta… De a poco y entre shhhh y altos del guía, nos acostumbramos al viento, a las olas, al chapuceo de los zapatos, a la oscuridad… hasta que el guía dijo: “Ahí viene una”.

Un bulto gigante salió del mar, apenas pudimos distinguir sus formas. Entendimos que la playa debía estar despejada y en silencio, hicimos la labor de tener un terreno llano para ella. Seiscientos kilos avanzando, con sus aletas gigantes, despacio, muy despacio, aprovechando el empuje de la ola hacia la orilla. Háganse a un lado, nunca de frente para no asustarla, susurró el guía. No puedo olvidar lo que sentí cuando pasó a mi lado, me conmoví profundamente al ver la majestuosidad de ese animal, tanto esfuerzo en cada paso. ¡Silencio, por favor silencio!, me repetí para mis adentros. La tortuga avanzó hasta donde el agua no pudo tocarla más y realizó un círculo para ponerse frente al mar. Nos hicimos detrás de ella, le dimos espacio suficiente para su desove. Con las aletas traseras empezó a cavar un hoyo en la tierra, una aleta a la vez, el guía le ayudó con la excavación porque notó poca fuerza en una de ellas, cada vez que la tortuga excavó, metió su aleta al hoyo para medir la profundidad. ¡Qué belleza! Se aseguró, de que fuese lo suficientemente profundo para que los huevos estuvieran a salvo. Nosotros vimos pacientemente el espectáculo, sólo tomamos fotos con la luz roja disponible por el guía… Una vez estuvo listo el hoyo, la tortuga empezó su desove, uno a uno salió cada huevo, unos 80 o 90 huevos más o menos, de todos los tamaños. Cuando terminó el desove, sus aletas traseras continuaron trabajando hasta que tapó completamente el hoyo, luego de ello, hizo un paseo por la playa para borrar sus huellas y despistar depredadores y de a poco, se adentró al mar, no vaciló ni un segundo, no perdió tiempo, quizá no se preguntó como sí lo hicimos todos nosotros, por lo que pasaría con sus huevos…

En la playa quedó a reposar la vida, así fue esta ceremonia de la vida. Después de esas horas de acompañar su ritual como dadora, nos fuimos en grupo detrás de la tortuga hasta que se perdió en la oscuridad del mar, la despedimos con ojos de preocupación y desconcierto. ¡Cómo así que nunca va a volver a ver sus crías! Y aprendimos a hacer silencio para ver su ida, sentimos la belleza de ese encuentro, se nos mojó la tristeza en nuestra idea de abandono y agradecimos lo íntimo, la concreción de esa tarea. No hubo nada más en el mar, ni el bulto, ni la forma, ni la tortuga. Regresamos a la zona de camping a terminar de pasar la madrugada, con lo bonito, lo profundo, lo sereno de atestiguar la vida. Regresamos, regresé a casa con el aire del Chocó en los nuevos recuerdos, este mismo que hoy cuento.

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